ORBIS LIBRIS

Libros de cualquier tiempo y lugar

imagen principal

Cincuenta mil tazas de café

Literatura, deudas, amores y absoluto en Balzac – La novela de su vida de Stefan Zweig

- 18 -11- 2021 -

Se suele decir que el trabajo intelectual o creativo no puede medirse con la lógica de horas-trabajo con que se miden otras actividades. Se puede estar ocho horas en una oficina o atendiendo un comercio, aunque no sea deseable hacerlo. Más difícil es estar ocho horas escribiendo, más difícil aún es convertir esas ocho horas en una jornada de todos los días. Por eso hay tantos escritores y escritoras que desarrollaron sus obras a la par de otras actividades más o menos cercanas a la literatura.

Balzac escribía, en una jornada normal, doce horas por día. La labor comenzaba a las doce de la noche. Escribía hasta el amanecer en su mesa de trabajo, la misma que usó toda la vida. Con el alba paraba para comer algo y esperaba que vinieran de la imprenta. Entonces entregaba lo que había escrito y recibía las pruebas de lo que había escrito la jornada anterior. Y se dedicaba a revisar y corregir. Estas revisiones solían ser reescrituras. No era raro que un mismo texto fuera y viniera unas diez veces de la imprenta. Los tipógrafos muchas veces se negaban a trabajar con las pruebas llenas de enmiendas y agregados que se volvían incomprensibles. Al mediodía Balzac terminaba la jornada y se iba a dormir.

Aunque a veces, si el plazo de entrega apremiaba, la jornada podía extenderse un poco más, unas catorce o dieciséis horas. En un una jornada era capaz de escribir un relato de entre veinticinco y treinta páginas, como fue el caso, por ejemplo, de La Misa del Ateo. Una novela de trescientas páginas podía escribirla más o menos en un mes. Y algunas de ellas todavía hoy se dejan leer con mayor deleite que muchas obras que durante el siglo XX intentaron cambiar los parámetros narrativos que él había fijado. 

Era, mientras escribía, un asceta cuyo único vicio era el café que le permitía seguir trabajando más allá del cansancio. Él mismo se preparaba lo que hoy llamaríamos un blend de tres granos distintos que conseguía en distintos puntos de París. Era, cuando no escribía, un emprendedor megalómano y perpetuamente fracasado. Su capacidad de crear iba pareja, o era la contracara luminosa, de su capacidad para endeudarse. La elección del horario nocturno para trabajar no obedecía a una pasión bohemia sino a la necesidad de encontrar un momento en el que estuviera seguro de que sus acreedores no irían a golpearle la puerta.

Vivía proyectando negocios que lo harían rico. Intentó editando una colección de clásicos de la literatura francesa, en cuanto el proyecto empezó a tambalear consiguió el dinero para comprar una imprenta y en cuanto ese otro proyecto empezó a tambalear consiguió más dinero para comprar una fundición de tipos móviles. Cuando el tercer proyecto empezó a tambalear ya no pudo seguir retrocediendo en la escala de producción y tuvo que declarar la bancarrota. O las tres bancarrotas en una. Los tres proyectos fueron retomados por otros emprendedores y resultaron ser, manejados con más sentido común que desmesura, exitosos. A Balzac le quedaron las deudas. Y ese fue sólo el comienzo. 

Fundar y fundir eran para él un mismo verbo. Intentó tener su propio periódico, para ser el amo de la opinión pública, se fundió en menos de un año. Intentó con la especulación inmobiliaria, compró un terreno en el que montaría una gran residencia que nunca llegó a existir del todo, para terminar malvendiendo el terreno. Intentó con la minería, porque una vez alguien le había hablado de las viejas minas de plata que explotaban los romanos en Cerdeña y que podían ser re-explotadas con métodos modernos. Pidió plata prestada para ir a Cerdeña a encontrar las minas y cuando lo hizo vio que quien le había dado la idea ya se le había adelantado. Y tuvo que pedir plata para volver a París. Intentó ser coleccionista de antigüedades, le vendían cualquier cosa. Intentó ser un exitoso autor teatral, fue un fracaso. 

Cada paso en falso aumentaba su endeudamiento crónico y lo obligaba a ponerse a escribir. Pero si bien hacía buen dinero con sus libros no llegaba nunca a cubrir ni sus deudas ni sus deseos de lujo. Lo cual lo inclinaba siempre a la tercera opción a mano para salir del pozo: una mujer y una fortuna. Aunque no era solamente la necesidad económica lo que lo atraía a las mujeres de la aristocracia. Balzac era irremediablemente snob. Su verdadero nombre era Honoré Balzac, él mismo agregó después el 'de' Balzac, porque el “de” es signo de origen aristocrático. Pero lo cierto era que tenía menos prosapia que un carpintero. Y se le notaba. Sus intentos por introducirse en las esferas de la alta sociedad lo hacían quedar en ridículo. Para los parámetros aristocráticos de la época Balzac era impresentable. No tenía los modales, no sabía vestir, carecía de buen gusto y su figura era más bien grotesca. Aún así tuvo sus éxitos. Entre sus amantes, y auxiliadoras financieras, estuvo una Visconti.

Pero la más importante de todas fue la Extranjera, una riquísima noble ucraniana, que empezó a escribirle desde el lejano Imperio Ruso como una forma de divertirse y distraerse del aburrimiento estepario. Terminaron siendo amantes en un viaje en el que lograron encontrarse. Y acordaron esperar a que el marido de ella, que era más viejo, muriera para unirse definitivamente. Pero el marido tardó en morirse más de la cuenta y pasaron como diez años sin verse. Cuando el marido finalmente murió la Extranjera ya no quería saber nada. Le encantaba ser la musa del autor inmortal tanto como le desagradaba la idea de unirse a semejante loco derrochador. Pero el loco insistió. Tuvieron varias idas y vueltas, entre las cuales tuvieron una hija, hasta que Balzac enfermó. Entonces la Extranjera se aseguró con los médicos de que al escritor no le quedaba mucho tiempo y, ahí sí, se casó con él para volver a enviudar lo más rápido posible. Moribundo y sin poder disfrutarlo, Balzac logró ser el millonario que siempre había querido ser. Tenía 51 años cuando murió.

Momento célebre de la Comedia Humana, Rastignac en el cementerio de Père Lachaise. Por Charles Huard.

En el medio dejó un conjunto de novelas que se agrupan bajo el nombre de la Comedia Humana. Son más de ochenta obras terminadas, más otras cuarenta que quedaron sin terminar o en calidad de proyecto. A eso hay que agregar, por fuera de la Comedia Humana, la colección de Cuentos Droláticos y una inmensa y desconocida cantidad de relatos y novelas de folletín que Balzac escribió en su primera época con distintos seudónimos y con el exclusivo objetivo de ganar plata. Con en ese mismo objetivo y aparentemente con el mismo nivel de descuido escribió sus obras de teatro. Zweig cuenta algunas anécdotas muy buenas sobre los intentos de Balzac por escribir con amigos o con ghost writers las obras para la Comedia Francesa de un día para el otro. Si a eso se agrega correspondencia y artículos se tiene la noción del océano de tinta y papel que sus tres décadas de trabajo dejaron como saldo. 

De todo eso lo que importa es la Comedia Humana, de por sí inmensa e inabordable con sus aproximadamente dos mil personajes. Ignoro quién se puso a contar los personajes, del mismo modo que ignoro quién calculó las tazas de café que Balzac habría tomado a lo largo de su vida y que le dan título a este artículo. Pero esas son las cifras que maneja Stefan Zweig. Lo que ocurre es que Balzac, al simbolizar la desmesura, atrae hacia sí las cifras exorbitantes. Se podrían calcular la cantidad de páginas, la cantidad de litros de tinta, de correcciones, de deudas. Todas esas cifras ridículamente grandes le calzarían como epítetos homéricos. 

Pero lo cierto es que para acometer semejante exuberancia necesitó desarrollar un método relativamente sencillo, compuesto de un número asequible de premisas. Estas premisas son explicadas por el propio Balzac en el prefacio a la edición de la Comedia Humana de 1842. Al respecto es interesante saber que inicialmente iba a tratarse de una edición de obras completas pero los editores le insistieron para buscar otro nombre, dado que era evidente que existía en el conjunto de novelas un proyecto coherente que las abarcaba y excedía. Después de intentar que alguien más escribiera el prólogo, George Sand fue una candidata, Balzac se decidió a hacerlo él mismo. El nombre fue sugerido a último momento por un amigo que venía de estudiar la Divina Comedia de Dante.

'El azar es el más grande novelista del mundo, para ser fecundo no hay más que estudiarlo. La sociedad francesa iba a ser la historiadora, yo no debía ser más que su secretario'. Esta frase del prólogo sintetiza el espíritu y el método de trabajo. La Comedia Humana es el estudio y retrato de toda la sociedad francesa de su época, su exuberancia no sale de la imaginación creadora de su autor sino de su capacidad de observar la continua y azarosa lucha de fuerzas humanas de su tiempo. 

A su vez la sociedad opera de acuerdo a principios que vienen del estudio de la naturaleza. Balzac menciona a los grandes naturalistas del siglo XVIII como Bouffon y Bonnet, y principalmente a su contemporáneo Etienne Geoffroy de Saint-Hilaire y su polémica con Georges Cuvier. Mientras que éste último defendía la concepción de la vida animal dividida en categorías fijas, Saint-Hilaire proponía la reducción de las distintas modalidades a un principio único que les da origen. La sociedad de Balzac opera como la naturaleza de Saint-Hilaire. Los tipos sociales son emanaciones o mutaciones de un mismo principio como lo son también las especies animales. 

Esa 'unidad de composición' no es solamente reivindicada como un hallazgo de la ciencia moderna sino que se remite a tradiciones de pensamiento místicas y filosóficas en las que se encastran las obras de autores 'que se ocuparon de las ciencias en sus relaciones con el infinito', tales como Swedenborg o Leibniz. 'El creador se sirve de un solo y mismo patrón para todos los seres organizados. El animal es un principio que toma su forma exterior, o, para hablar más exactamente, las diferencias de su forma, en el medio en el que es llamado a desarrollarse.' No proceden de otro modo las pasiones que moldean la arcilla humana de mil maneras, dándole distintos rostros a la misma añoranza.

Detrás de esto está el descubrimiento de las relaciones sociales de su época como material literario. No hace falta contar las historias de príncipes, caballeros andantes y sultanes como él mismo había hecho innumerables veces en su etapa de escritor de folletín; la misma pasión, el mismo sentido de la aventura se despliegan en la lucha por el ascenso social, por la riqueza y el prestigio. Huir de los acreedores puede ser tan intenso narrativamente como huir de los piratas. Ser el descubridor de algo constituye el galardón más elevado al que se puede aspirar para la mentalidad moderna. A Balzac le corresponde un lugar en ese podio por descubrir para la sensibilidad literaria lo que él llama l'histoire des mœurs, la historia de las costumbres, es decir las miles de historias que hay detrás de los miles de individuos que luchan por su lugar en el mundo.

Y el recurso para ligar todo este material narrativo en un conjunto coherente es hacer aparecer los mismos personajes en distintas novelas. El protagonista de una se convierte en un personaje secundario de la otra, el que aparece como un ambicioso advenedizo en una ya es un exitoso hombre de mundo que aparece en algún capítulo de otra. De este modo el lector puede deambular por la obra rastreando destinos como se deambula por los pasillos de cualquier mitología. Y con los años es posible seguir leyendo nuevas novelas de Balzac con la sensación de encontrarse con viejos conocidos. 

Zweig explica cómo esta noción de conjunto que trasciende la suma de novelas aisladas le permite  a Balzac situarse por encima de su época. No importa lo que la crítica diga de una u otra novela, no importa el éxito que cada una tenga. El proyecto está fijado y no queda más que seguir adelante. Balzac logra construir un sentido que va más allá de los altibajos en su producción, más allá de sus defectos de estilo y de sus tramos menos logrados. Y que a su vez lo obliga a dar lo mejor de sí mismo en cada oportunidad. Porque lo increíble no es que haya escrito tanto sino que haya logrado mantener un nivel tan bueno a lo largo de toda la obra, llegando a tener varias obras maestras en su producción, que pueden ser leídas y disfrutadas como tales independientemente de que se conozca el proyecto general. Hay que tener en cuenta que en un buen año de producción, y tuvo muchos, Balzac lograba lo que otros considerarían con orgullo la obra de toda una vida.

Balzac, la novela de su vida está escrito desde la admiración y el asombro, tanto por la capacidad inusitada de creación como por la igualmente inusitada capacidad de hacer mal las cosas. No cae, por poco, en un registro panegírico. No excusa al genio por sus defectos ni exalta sus excentricidades como el correlato necesario e inevitable de la genialidad. En muchas oportunidades Balzac no solamente es optimista hasta el delirio sino que también es terriblemente ingenuo e incluso estúpido. Su capacidad para engañarse a sí mismo es indestructible. Y si bien su entrega a su obra es casi absoluta, en más de una ocasión se aclara que la literatura no era más que un medio de dar rienda suelta a una ambición mundana y de trascendencia personal. En otro tiempo o en otro lugar posiblemente Balzac ni siquiera se hubiera dedicado a la literatura. Pero en la Francia del siglo XIX ser un escritor consagrado era como tener piel de mármol. Su objetivo declarado era realizar con la pluma lo que Napoleón había intentado con la espada.

En su desmesura Balzac corrió el límite de lo posible. La Comedia Humana no quedó inconclusa porque su autor murió antes de terminarla. Si hubiese seguido viviendo el proyecto hubiese seguido creciendo de manera indefinida. Es una obra estructuralmente inconclusa. Mientras viviera Balzac no tenía chance de terminarla como tampoco tenía chance de librarse de sus deudas. Sólo cuando estuvo garantizada la proximidad de la muerte los millones vinieron a él. Sólo muriendo pudo dejar de escribir.

La pluma no es más benigna que la espada. Balzac murió exactamente a la misma edad que su admirado Napoleón. Según los médicos que lo atendieron fueron sus métodos de trabajo los que dinamitaron poco a poco su salud. Incluso llegaron a decir que la principal causa del deterioro general de su organismo era el excesivo consumo de café, el mismo café que le permitía seguir escribiendo más allá de sus límites, en un intento incesante, y semejante a tantos de sus personajes, por abarcar el absoluto.

Postdata

Stefan Zweig nunca terminó de escribir la biografía de Balzac. La muerte por mano propia y compartida con su esposa y asistente interrumpió el proyecto, al que había dedicado intensos años de estudio e investigación y al que consideraba su magnum opus, coronación de toda su obra. Los Zweig estaban en Brasil, a donde habían huido del nazismo y de la guerra, cuando decidieron terminar con sus vidas. El material, incompleto y desordenado, llegó a manos de Richard Friedenthal, amigo y editor de Zweig, quien se encargó de finalizar el trabajo, según él mismo lo cuenta en la nota final del libro. Las circunstancias no eran propicias, dado que se encontraba en Londres durante los bombardeos alemanes de finales de la guerra. Curiosamente el mismo escenario con el que comienza Arco iris de la gravedad de Thomas Pynchon, otra forma de la desmesura narrativa, en este caso post-moderna. 

La escena final del libro es la de Friedenthal, un desconocido para quien lee, deambulando entre los escombros y las esquirlas, intentando darle punto final a un proyecto interminable, testimonio de otro proyecto interminable, mientras el mundo se desmorona a su alrededor.

Balzac escribiendo los Cuentos Droláticos. Por Gustave Doré.

Notas:

El artículo está escrito a partir de la edición francesa del libro: Balzac - Le roman de sa vie, Stefan Zweig, traduit de l’allemand par Fernand Delmas, Le Livre de Poche, 2018. 

Hay una edición en castellano del libro de Etienne Geoffroy de Saint-Hilaire, Principios de filosofía zoológica, realizada por la editorial argentina Cactus.

Las citas del prólogo a la Comedia Humana están tomadas de la siguiente edición virtual en francés, la traducción es propia: 

https://fr.wikisource.org/wiki/Avant-Propos_de_La_Comédie_humaine

La imagen inicial es el cuadro 'Paris Street at Night' de Ludwik de Laveaux - 1892

Salvo que se indique lo contrario todos los textos de Orbis Libris fueron escritos por Darío Semino. Para contactarse se puede escribir a orbislibriscontacto@gmail.com