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Una nueva historia de los orígenes de la civilización en The Dawn of Everything de David Graeber y David Wengrow

- 25-02-2022 -

Hay mucho para decir sobre The Dawn of Everything, y posiblemente las cosas más interesantes no entren en una reseña o artículo como éste. Voy a tratar, sin embargo, de presentar de una manera más o menos integral la cuestión, a fin de transmitir una idea de lo que el libro propone. Empecemos por algunos aspectos generales.

Se trata de un libro publicado recientemente, la edición en inglés salió en octubre de 2021. Los autores son el antropólogo norteamericano David Graeber, fallecido semanas después de terminar el libro, y el arqueólogo inglés David Wengrow, quien quedó a cargo de salir a promover y sobre todo defender lo propuesto por la obra. 

Desde el comienzo The Dawn… es un libro polémico. Su intención es iniciar un camino alternativo a las narrativas sobre los orígenes de la civilización que fueron predominantes durante los últimos veinte años. Los autores tienen especialmente en cuenta, aunque no de manera exclusiva, la línea que va desde Jared Diamond, con su clásico Armas, gérmenes y acero, hasta el más actualizado, y más famoso por estos días, Noah Yuval Harari. 

El principal núcleo de la crítica hacia esos autores consiste en señalar que éstos articulan una narrativa determinista, que considera el actual estado de la sociedad como el resultado inexorable de fuerzas históricas y materiales. Lo cual termina consolidando la idea de que solamente podemos vivir como vivimos, con las jerarquías que existen y las distribuciones de poder que rigen el mundo. Cualquier alternativa se vuelve impensable porque iría en contra del inevitable desarrollo de la historia. Dicho de otra manera, se tiende a contar el cuento que halaga las élites dominantes. 

Frente a ese tipo de narrativas, The Dawn… puede ser leído como una versión de izquierda, crítica, anticolonial, feminista, anarquista, e incluso asamblearia, pero sobre todo no-determinista, de los orígenes de la civilización. No llega, sin embargo, a ser un libro militante o activista, aunque activistas y militantes tengan en sus páginas el más refinado arsenal de argumentos que la antropología y la arqueología les pueden dar en el actual estado de los conocimientos. 

El motivo por el cual no llega a ser un libro militante es que Wengrow y Graeber son críticos de sus tradiciones, aun de las que reivindican, como es el caso del antropólogo  Pierre Clastres. En ese sentido, los autores no se privan de nada. Inician el libro con un epígrafe de Carl Gustav Jung y rescatan un trabajo perdido a Levy-Srauss. Retoman a Marcel Mauss, critican a Mircea Eliade, citan a Elías Canetti y a Úrsula Le Guin, corrigen al libro de Charles Mann 1941 - Una nueva historia de las Américas antes de Colón, con el que de todas formas tienen afinidades importantes. Rehabilitan a la gran arqueóloga lituana Marija Gimbutas, pero no reivindican la tesis del matriarcado original. Asimismo marcan una diferencia de principios con respecto a cualquier versión de un comunismo originario. Pero sobre todo, y esto lo veremos más adelante, se meten con los orígenes del pensamiento político moderno, es decir con Hobbes, la Ilustración y last but not least Jean Jacques Rousseau. Si se tiene en cuenta que todo esto, y bastante más, convive con los sumerios, las asambleas tlaxcaltecas, la tradición chamánica amerindia, las sacerdotisas de la Creta minoica, las ruinas de Mohenjo-Daro y Teotihuacán, las pirámides de Egipto, la cultura política de los indios norteamericanos y sus críticas a la sociedad occidental, se podrá intuir que las setecientas páginas del libro no tienen desperdicio.

Además de la abundancia intelectual, The Dawn… tiene la ventaja, con respecto a sus rivales, de que sus autores pertenecen a las especialidades sobre las cuales escriben. Incluso llegan a mencionar, entre los tantos ejemplos de civilizaciones antiguas con los que trabajan, una de las excavaciones que fueron dirigidas por el propio Wengrow. Esto los habilita a desacreditar con un desdén que no tienen tapujos en ejercer a muchos de sus adversarios.

Y por último, por fuera de preferencias ideológicas, The Dawn… es una lectura casi obligatoria para quienes, más allá de nuestros oficios diurnos, tenemos la particular necesidad o capricho de mantenernos actualizados sobre lo ocurrido hace miles de años.

Veamos ahora algunas de las cuestiones que plantean.

Despejando el panorama

Wengrow y Graeber consideran que la mayor parte de las lecturas que se realizan de los orígenes de la civilización, cuando se sale de los círculos especializados, tienden a reproducir una serie de mitos que no responden a lo que las evidencias arqueológicas exponen en realidad.

En términos generales, las generalizaciones que se realizan tienden a estructurarse en base al llamado “mito del buen salvaje”, asociado a Rousseau, o al “estado original de guerra” imaginado por Hobbes, ambos bases del pensamiento político moderno pero sin relación con la arqueología o el estudio real de civilizaciones antiguas. Cuando los dos grandes filósofos de los siglos XVII y XVIII comenzaron a elaborar sus especulaciones sobre el origen de la civilización, no existía ningún otro relato con el cual contrastar sus elaboraciones que la narración tradicional judeocristiana. La idea de una prehistoria que  fuera más allá de los tiempos bíblicos recién se empieza a establecer en el siglo XIX. 

Esto es particularmente claro en Rousseau, cuyo pensamiento toma como punto de partida la pregunta sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. La existencia de dicha pregunta, que no se debe a Rousseau sino que fue la consigna de un concurso de ensayos que ganó el ginebrino, implica asumir la existencia de un momento previo a la desigualdad. Es decir una igualdad original que sería una continuación secularizada del mito del paraíso bíblico y que encontraría su prolongación en la tesis del comunismo primitivo defendida por Engels un siglo después.

Este tipo de continuidades de una misma estructura mítica se reproduce una y otra vez. Cuando el conocimiento científico comienza a avanzar, las dos sendas ya están marcadas, y las distintas interpretaciones se vuelcan sobre una o sobre otra, a pesar de que cambien las denominaciones y las teorías. El resultado final es que las civilizaciones no modernas, ya sean antiguas o contemporáneas de la propia modernidad, tienden a quedar caracterizadas, siguiendo la línea de Hobbes, como violentas y bárbaras; o bien, siguiendo a Rousseau, como infantiles y precarias. Nunca, o casi nunca, son consideradas las personas de esas civilizaciones como intelectualmente iguales a quienes las investigan.

El progreso, a su vez, queda posicionado como una lógica inexorable del desarrollo histórico, puesto que es lo que nos permite salir de una u otra versión del estado original. No alcanzar el próximo escalón del progreso implica una falla. Y los escalones se tienden a ordenar de manera estandarizada: surgimiento de la agricultura, ciudades, revolución industrial, etc. Las culturas que no logran cumplir con los requisitos para entrar en una u otra categoría quedan definidas por “pre”, “post” o “en transición a”, independientemente de que esos estados de transición hayan durado siglos, o incluso milenios.

Ahora bien, dado que en la historia no hay metas ni lugares a los cuales llegar, no es apropiado utilizar ninguna categoría que defina el estado de una cultura como una transición o un pasaje a algo que los propios miembros de esas sociedades desconocían o que, conociéndolo, rechazaban. Una sociedad no puede ser pre-agrícola, porque eso implicaría asumir la agricultura como un destino inevitable y necesario del desarrollo social, como es la edad adulta con respecto a la niñez. Lo cual nos lleva al siguiente punto.

Dando vuelta la Ilustración

Para desarmar esos lugares comunes no alcanza con presentar nueva evidencia arqueológica que los contradigan. Es necesario ir a la fuente de la que parten los mitos que ordenan los modos de leer la evidencia. Los autores de The Dawn…, entonces, están dispuestos a meterse de lleno con la Ilustración como hito fundacional de la modernidad, puesto que es la Ilustración el momento en que las sociedades europeas comienzan a consolidar el mito de su propio progreso y de su consecuente superioridad con respecto a las demás. No casualmente Kant decidió caracterizar el período como la salida de la infancia de la humanidad.

Para desarmar esta visión de las cosas, los autores de The Dawn… arremeten con un giro copernicano sobre la historia de la Ilustración. Según lo que ellos proponen, el clima típico del Siglo de las Luces, el de los salones y los debates de ideas, tiene su origen en el contacto entre la cultura europea y las culturas originarias de Norteamérica, en el periodo en que una parte importante de dicho territorio era colonia francesa. Mediante testimonios de misioneros y libros de viaje, las críticas que los indios norteamericanos realizaban a los colonizadores franceses habrían penetrado en la cultura letrada de la época, para ser absorbidas y reformuladas por autores como Rousseau y Montesquieu. La misma costumbre de la discusión en salones provendría de las prácticas asamblearias de los indios y de su tendencia a sostener grandes discusiones filosóficas fumando tabaco. No es el francés Voltaire sino el hurón Kondiaronk el auténtico héroe de la Ilustración. Y muchas de nuestras ideas de libertad individual, democracia y derechos humanos tendrían su origen en las tribus de los Grandes Lagos antes que en los salones aristocráticos del Antiguo Régimen.

Al plantear la influencia del pensamiento indio en los filósofos europeos, la Ilustración, el mito de la misma, se derrumba o se convierte en algo prácticamente opuesto de lo que era. Para entender esto hay que tener en cuenta que, según la célebre definición de Kant, la Ilustración es el momento en el que la humanidad, o más específicamente los países centrales de Europa, comienza a abandonar su estado infantil, gracias al ejercicio de la crítica racional en lugar de la creencia acrítica en la tradición. De acuerdo a esta versión de las cosas, la Ilustración es, o pretende auto-percibirse como, el punto de cesura entre las sociedades modernas y todas las demás. Ahora bien, si el ejercicio crítico, que es el núcleo de la cuestión, tiene su origen en una sociedad no moderna, es decir en una sociedad “infantil”, entonces la división se desmorona y la sociedad moderna pierde lo que la diferenciaba de las demás. El espíritu crítico no nos separa del pasado sino que nos vincula con sus regiones más remotas.

Es fácil imaginar multitudes de historiadores especializados en el siglo XVIII, uno de los períodos más estudiados y mejor documentados de la historia moderna, preparándose para contradecir esta interpretación. Por el momento, basta con consignar que la caída de la Ilustración como mito de base le permite a los autores continuar con la demolición de todos los otros mitos históricos que se enraízan en ella. No hay, entonces, progreso, ni evolución, ni pasaje de lo simple a lo complejo, ni comunismo primitivo, ni matriarcado original, ni revolución de la agricultura, ni determinismo ambiental, económico o de ningún tipo, ni origen de la desigualdad, ni origen del Estado, ni buen salvaje, ni hombre lobo del hombre, ni, mucho menos, (con perdón de Kant) infancia de la humanidad. 

Para escuchar lo que las antiguas civilizaciones tienen para decir hay que partir de la base de que las personas que habitaron esas civilizaciones eran iguales a nosotros, ni mejores ni peores. Lo cual en términos biológicos es estrictamente cierto, un bebé nacido hace treinta mil años no difiere en nada esencial de uno nacido ayer. La capacidad de pensamiento abstracto, de ejercicio crítico y de toma auto-consciente de decisiones, junto con la capacidad para cometer errores y aferrarse a prejuicios, eran las mismas.

Particular ilustración de Kondiaronk en 1688 - ver más información en Pinterest

Buscando nuevas preguntas

¿Qué es, entonces, lo que las antiguas civilizaciones efectivamente tienen para decirnos? Dado que la evidencia solo habla a partir de las preguntas que se le formulan, para poder escuchar algo distinto hay que saber cambiar de pregunta. Según lo que los autores proponen la evidencia arqueológica acumulada durante los últimos veinte años demuestra la existencia de una multiplicidad de formas sociales que no se dejan reducir a ningún esquema preconcebido. La pregunta que es necesario formular es por qué, si el pasado exhibe un grado tan grande de experimentación política y social, se llegó a consolidar en nuestros días la idea de un sistema social único, que parece no dejar escapatoria y que se presenta como resultado inexorable de la evolución humana. 

Puede que los humanos no hayan comenzado su historia en un estado de inocencia primordial, pero sí parece que la comenzaron con una aversión auto-consciente a que se les diga lo que tienen que hacer. p. 133

¿Por qué nos quedamos atorados? Why did we get stuck? Tal es el frágil y potente punto de partida del libro. Frágil porque uno perfectamente podría plantear que los autores, al privilegiar el enfoque de la libertad política y social, están proyectando su propia ideología del mismo modo que todos aquellos a quienes critican. Y potente porque la necesidad de consolidar su postura les permite realizar un viaje intelectual cuya riqueza va más allá de posiciones ideológicas.

Si bien The Dawn… no va a dar una respuesta definitiva a su pregunta, sí va dejar algunas claves para pensarla. Una de las más importantes es la estacionalidad (seasonality). La idea tiene su origen en una olvidada investigación llevada a cabo por Levy-Strauss en la década del cuarenta y, de acuerdo a lo que plantean Wengrow y Graeber, la misma es aplicable no solo a civilizaciones atestiguadas históricamente sino también, según lo que la evidencia arqueológica permite observar, a las más antiguas de la prehistoria. 

La estacionalidad es una característica de sociedades que no poseen un único orden económico y social durante todo el año sino que lo cambian de acuerdo a las estaciones, pudiendo alternar entre un tipo de vida nómade y uno sedentario, y cambiando para cada caso el tipo de organización social, mítico, político y económico. En el caso prototípico el cambio se produce de acuerdo a las estaciones de lluvias. En los momentos en que es conveniente llevar un tipo de vida sedentario la sociedad se adapta para ello, generando relaciones igualitarias, desarrollando actividades agrícolas, formando comunidades numerosas y organizando rituales y festividades vinculadas con la abundancia y la fertilidad. En la época de sequía la comunidad se disgrega en pequeños grupos de cazadores y recolectores, por lo general bajo el mando de un líder que llega a tener en algunos casos un poder de coerción que no tiene correlato en la estación anterior. 

Distintos tipos de estacionalidad, es decir distintos tipos de cambios periódicos entre organizaciones dentro de una misma sociedad, parecen haber sido habituales en comunidades prehistóricas. O por lo menos su presencia permite explicar una serie de fenómenos que de otra forma resultan inexplicables, como por ejemplo la construcción de edificaciones arquitectónicamente complejas llevadas a cabo por pueblos de cazadores y recolectores, como es el caso de las ruinas de Gobekli Tepe, en Turquía.

Cambiaban alternadamente entre una y otra organización social, construyendo monumentos y después clausurándolos, permitiendo el surgimiento de estructuras autoritarias durante ciertas épocas del año para después desmantelarlas - todo esto, aparentemente, con la comprensión de que ningún orden social en particular era fijo o inmutable. El mismo individuo podía experimentar la vida en lo que a nosotros nos puede parecer por momentos una banda, por momentos una tribu y por momentos algo que tenía, al menos, algunas de las características que hoy identificamos con los estados. P. 111.

La consolidación de estructuras sociales fijas puede haber sido la consecuencia de la prolongación de un tipo de relaciones sociales más allá de los períodos a los que originalmente estaban circunscriptas. En un prolongado comienzo, los reyes pueden haber sido estacionales, como así también las estructuras coercitivas tales como la organización de grupos con derecho a castigar o perseguir a quienes tuvieran un comportamiento nocivo para la comunidad. Ese tipo de roles podían ser ejercidos por distintos miembros de la sociedad, alternándose periódicamente con momentos de organización horizontal, de modo tal que se garantizara un equilibrio de poder. Si a alguien le toca ejercer de policía durante una temporada para volver ser un “civil” durante la temporada siguiente, va a estar mucho menos predispuesto a cometer abusos de autoridad. Al no ser permanentes los roles, no se produce la identificación entre la persona y la función social. De este modo, organizaciones horizontales y verticales pueden haber convivido durante milenios en un estado de equilibrio dinámico, generando estructuras sociales más complejas de lo que habitualmente se pensaba. Y mucho más interesantes para el pensamiento político contemporáneo.  

¿Y qué pasó? ¿Por qué unas estructuras avanzaron sobre otras hasta casi borrar el recuerdo de su existencia? Como dije, no hay una respuesta definitiva pero sí varias hipótesis. Con una envidiable combinación de rigor e imaginación, los autores van a hablar de ciudades imaginarias, rituales, templos y sacerdotes, van a abordar el rol de las mujeres en el desarrollo original de la agricultura, van a desarrollar sus propios conceptos de libertad y de poder y van a tener la honestidad de admitir que están divagando cuando sus especulaciones se alejen de la evidencia. La estacionalidad es solo el comienzo. Pero también puede ser el final de esta ya extensa reseña, después de agregar una sola cosa más al respecto.

La estacionalidad, o su esencia transformadora de los roles sociales, nunca desapareció del todo. Sus rastros se encuentran en el carnaval, en ciertas fiestas, en los rituales colectivos que invierten o suspenden temporalmente las jerarquías. Si bien nunca se lo menciona, la sombra de Hakim Bey se proyecta en algunas páginas de esta obra.

Conclusión

A pesar de las “buenas intenciones” de sus autores, The Dawn… es un gran libro. La obra no fue escrita para alagar a los amigos y afines sino para salir al cruce, y discutir a fondo, con quienes sostienen posturas distintas o contrarias. En ese sentido, Wengow y Graeber le subieron la vara a los debates sobre un tema inagotable, que estaba siendo reducido, si se piensa en el best-seller Sapiens de Harari, a una narración estereotipada y simplista, cuya violencia mayor no está ejercida por su ideología sino por la descarada sencillez con que la expresa. Al punto de que Roberto Calasso afirmó que el mérito de Harari consiste en permitirnos “saber con exactitud a qué nos enfrentamos.

Para seguir subiendo la vara, entonces, The Dawn… merece ser leído junto con El cazador celeste del propio Calasso, publicado en 2016 en italiano y que tiene edición en castellano. Si bien son muy diferentes entre sí, ambas obras presentan alternativas a los modos establecidos de organizar el conocimiento e impiden que se cierren ciertas preguntas cuya riqueza radica en permanecer abiertas. 

Por último, más allá de cuestiones políticas entre izquierda y derecha, o técnicas entre antropólogos y arqueólogos, los autores lograron presentar una serie de imágenes e ideas sobre el pasado y los orígenes de la civilización que estimulan y desafían la imaginación. Ya se verá qué consecuencias genera esto. Por el momento, alcanza con saber que tanto por las referencias que se manejan como por las historias y temas que se desarrollan, The Dawn… más que un libro, es una biblioteca. Y vale la pena perderse en ella.

David Wengrow y David Graeber

Bibliografía y comentarios

La reseña está realizada a partir de la siguiente edición: The Dawn Of Everything - A New History of Humanity, David Graeber y David Wengrow, Ed. Allen Lane - Penguin Random House UK - 2021.

En el siguiente link se pueden ver algunas reseñas críticas del libro en inglés que consulté, me pareció interesante la segunda crítica, más extensa, realizada por Nancy Lindisfarne y Jonathan Niele:

https://mronline.org/2021/12/20/the-dawn-of-everything-gets-human-history-wrong/

El texto de Kant en el que se define a la Ilustración es el artículo ¿Qué es la Ilustración?, el cual comienza con la famosa frase: “La Ilustración es la salida del hombre de la minoría de edad, de la cual él mismo es culpable.” La cita está tomada de la siguiente edición: ¿Qué es la Ilustración? Immanuel Kant. Trad. Emilio Estiú, Revisión Eduardo García Belsunce, Ed. Prometeo Libros - 2010.

Hakim Bey es el autor del clásico libro T.A.Z. - Temporary Autonomous Zone - en la que se propone la creación de espacios-momentos libres de las estructuras que rigen las relaciones entre las personas de acuerdo a las jerarquías sociales. El libro se puede encontrar en PDF en internet en diversos idiomas. 

El libro mencionado de Noah Yuval Harari es Sapiens, de Animales a Dioses - Una breve historia de la humanidad - Ed. Debate - 2014. 

Esta es la cita completa de Calasso sobre Harari: 'Harari, al igual que Bentham, forma parte de esa clase de seres que tienen el don de decir con una claridad brutal lo que muchos otros no saben pensar, ni osarían formular. A tales seres se les debe gratitud, porque permiten saber con exactitud a qué nos enfrentamos.' - Roberto Calasso, La actualidad innombrable - Anagrama, 2018 - Trad. Edgardo Dobry. P. 73.

El cazador celeste de Roberto Calasso también tiene edición en castellano, en Anagrama, 2020, con traducción de Edgardo Dobry.

La imagen inicial es un detalle de las ruinas de Gobekli Tepe en Turquía.

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