Las aventuras de una idea

Un viaje a través de la concepción occidental del universo, desde Platón hasta el siglo XIX, en La Gran Cadena del Ser de Arthur O. Lovejoy

02-10-2021

En La Gran Cadena del Ser Arthur Lovejoy cuenta la historia de una inversión de polaridades, un movimiento que se inicia en la antigüedad griega y finaliza con el romanticismo alemán de los primeros años del siglo XIX. Publicado por primera vez en 1936, y reeditado de manera periódica desde entonces, La Gran Cadena del Ser es uno de esos títulos que se descubren en las bibliografías de otros libros como una referencia recurrente. Se puede decir también que es una obra ineludible, o por lo menos extremadamente valiosa, para quien se interese por conocer el concepto que la cultura occidental se hizo del cosmos, la naturaleza y la divinidad a lo largo de su historia. Como así también para quien quiera entender el quiebre metafísico que significó el nacimiento de la modernidad entre los siglos XVII y XVIII con respecto a las concepciones medievales y antiguas del universo.  

Lovejoy, académico norteamericano de la primera mitad del siglo XX, allegado a William James, fue el fundador de la disciplina que él mismo llamó “historia de las ideas”. La misma tiene por objetivo identificar y rastrear ideas lo más precisas posibles en las obras de la filosofía, la literatura y la ciencia. Unit-ideas es la expresión que Lovejoy utiliza para definir su objeto de estudio, se trata en términos generales de ideas simples que tienden a formar parte de la cultura, pasando de sistema en sistema y de generación en generación sin que los propios autores sean del todo conscientes de ello. 

La Gran Cadena del Ser es la obra cumbre de Lovejoy y la realización plena de su disciplina. El origen del libro es una serie de conferencias brindadas por el autor en la universidad de Harvard, en el marco de las William James Lectures of Philosophy and Psichology. 

Resumo a continuación lo que constituye, a mi entender, el trazo grueso de la obra. 

Los dos dioses

El viaje, como suele ocurrir en la orilla occidental del conocimiento, empieza con Platón. Lovejoy detecta en la obra del filósofo griego la tensión entre los dos polos que va a marcar la filosofía y la cultura de los siglos futuros. Se trata de la división entre el plano de “este mundo” y el correspondiente al “otro mundo” (this-worldliness y otherwordliness, estamundanidad y ultramundanidad serían traducciones más literales). A pesar de que el sentido común le atribuye a Platón un interés excesivamente puesto en el “otro mundo”, dada la preponderancia que atribuye al célebre plano de las ideas, Lovejoy explica que la otra tendencia también es rastreable en sus textos. La preocupación manifiesta de Platón por las cosas terrenales, su interés en la política por ejemplo, demuestra que su centro de gravedad no estaba exclusivamente puesto en el plano trascendente. Y que en todo caso, dicho plano, a pesar de ser ontológicamente superior, sirve como fundamentación de la existencia del plano del devenir. 

La ultramundanidad, precisa Lovejoy, se expresa en la creencia de que tanto lo real como lo bueno son radicalmente antitéticos con respecto a todo lo que puede hallarse en el plano de la vida de las personas. El mundo concreto, sometido al cambio permanente, agobiado o exaltado por la incesante multiplicidad, es, desde la perspectiva del otro mundo, irreal. Lo verdaderamente real, perfecto, inmutable está en otro lado. Y es asequible mediante la vía del intelecto y la contemplación. Ese otro mundo en su expresión más precisa no es un mundo sino una unidad absoluta y totalmente independiente, que nada necesita, que no carece de nada, que a nada se parece, ni nada desea. La Idea del Bien en Platón sería el primer momento datable en que se manifiesta esta concepción en tierras occidentales, que continuará su camino en Aristóteles, el Neoplatonismo, la Escolástica medieval y el Renacimiento.

Esta doble polaridad entre el culto y el pathos de la unidad trascendente y la exaltación de la imperfecta y mutable multiplicidad implica una noción igualmente doble de la divinidad. En más de una oportunidad Lovejoy habla de los dos dioses que se ocultan debajo de la idea de Dios. Estos dos dioses, o estos dos atributos de una misma divinidad, en términos estrictamente lógicos son incompatibles. O Dios es perfecto en sí mismo y nada necesita, y por lo tanto el universo no tiene razón para existir y debería ser en cierta forma irreal. O Dios es fecundo y se regocija en la creación, pero si necesita crear o desea hacerlo es porque algo le falta, por lo tanto no es perfecto ni absoluto en sí mismo. 

¿Por qué, entonces, la divinidad, que nada necesita ni de nada carece, cuya auto-suficiencia es una de las consecuencias indispensables de su perfección, se pone a crear el mundo? Para responder la pregunta Platón realiza en el Timeo un movimiento de repercusiones perdurables. Es justamente en razón de su perfección, de su absoluta excelencia, que la divinidad, representada en este caso en la figura del Demiurgo, hace el universo. El supremo Bien no sería tal si se privara de la generación del mundo. 

La idea, explica Lovejoy, en gran medida se basa en un desplazamiento semántico dentro de la palabra Bien. Tanto en griego antiguo como en los idiomas modernos es posible utilizar la misma palabra para designar lo que está bien hecho en términos de excelencia como lo que es bueno o correcto en el sentido ético. Platón empieza hablando del bien de la divinidad en términos de excelencia para continuar, a la hora de justificar la construcción del mundo, apelando al bien como corrección ética. El texto del Timeo oscila indistintamente entre uno y otro significado. Una divinidad perfecta “no podría ser envidiosa de nada que no sea ella misma”. Por lo cual su existencia no podría ni debería impedir la existencia del mundo. El dios de Platón crea porque es bueno y en razón de su bondad desea que el mundo exista.

De este modo el argumento se da vuelta y aquello que era impedimento se convierte en causa. Una divinidad estéril no sería perfecta. Y si la divinidad es perfecta tiene que ser bondadosa. Por lo tanto el mundo no contradice sino que complementa la perfección de la divinidad. Es, incluso, su consecuencia inevitable. “El concepto de Perfección Auto-Suficiente, mediante una audaz inversión lógica fue convertido – sin perder ninguna de sus implicaciones originales – en el concepto de una Fecundidad Auto-Trascendente” (p. 49). 

Desde el fondo de la caverna Platón podría parafrasear: “no puedo creer en un dios que no quiera crear.”

Los tres principios

Realizado este movimiento, el próximo paso consiste en presentar al protagonista de la historia: el principio de plenitud. Su primera formulación se encuentra en el Timeo, se completa con el aporte de Aristóteles y se sistematiza en el pensamiento de Plotino. No se trata una idea única, sino de un conjunto conformado por tres principios que se imbrican uno en otro: principios de plenitud, continuidad y gradación. Esa es la presa que será rastreada a lo largo de los siglos.

Los tres principios son una respuesta a la pregunta sobre la naturaleza de la creación. Habiendo establecido que la divinidad necesita crear o generar el universo surge la pregunta sobre los límites y alcances de esa creación. ¿Cuántos seres o tipos de seres deben existir para que la divinidad alcance su propósito? La respuesta que se impone es: todos los seres posibles. Todo aquello que puede ser creado debe serlo puesto que en caso contrario la divinidad se estaría privando de algo y esto implicaría una falta en su potencia. No puede haber huecos ni faltantes. 

Y a su vez, todo lo que es tiene derecho a ser porque contribuye con su existencia a la excelencia de la potencia divina. El principio de plenitud se encuentra ya establecido en el Timeo aunque Platón no extrae del mismo todas sus consecuencias. La tradición que inicia será prolífica.

El siguiente aporte lo realiza Aristóteles. Al principio de plenitud se agrega el de continuidad. El cual establece que no hay interrupciones entre las especies de la naturaleza, la creación es continua, no existen saltos de una categoría de cosas a otra, a pesar de que nuestra percepción de las mismas tienda a sugerirnos lo contrario. Aristóteles, que fue un gran categorizador, también fue, según Lovejoy, el responsable de introducir en la historia del pensamiento registrado la noción de que los límites entre un campo y otro son más bien convencionales. 

La historia natural es el ámbito en que el principio de continuidad opera con mayor claridad. Si bien tendemos a separar los mundos en, por ejemplo, animal y vegetal, el principio de continuidad establece que entre los últimos elementos de un campo y los primeros del siguiente la diferencia es menor que la similitud. No hay saltos de la piedra al dios, sino una lenta marcha constante, por momentos difícil de percibir.

El principio de continuidad se enlaza posteriormente con el de plenitud, a pesar de que este último no se encuentre presente en el pensamiento aristotélico. Uno se hace deducible del otro. “Si entre dos especies naturales dadas existe teoréticamente un posible tipo intermedio, ese tipo debe ser realizado – y así ad indefinitum; de lo contrario, habría huecos en el universo, la creación no estaría tan “llena” como debería estarlo.” (p. 58)

El último principio también se desprende de la obra de Aristóteles. A pesar de ser plena y continua la creación no es uniforme. Existen diferentes niveles de cosas en el universo, siendo la divinidad como fuente generadora la que ocupa el lugar de la mayor perfección. Y desde ella se van desprendiendo todos los demás niveles, conformando una escala jerárquica. En esa escala se situarán los seres y entidades de las diversas cosmovisiones: las plantas, los animales, el hombre y los seres intermedios entre éste y el Dios supremo, ya sean éstos ángeles, daimones, semidioses o dioses de reprochable conducta.

Cada uno de los niveles en que puede dividirse la naturaleza es uno de los eslabones de la Gran Cadena del Ser. Plotino será el encargado de integrar los tres principios en un conjunto coherente y sistemático. Pero las repercusiones de la idea irán más allá de los límites de lo que se conoce como neoplatonismo, aunque la historia de uno y otro están estrechamente vinculadas.

La Cadena del Ser, así constituida, es el esquema del universo que predominará en la cultura occidental hasta el siglo XVIII. Un orden divino del mundo jerárquicamente establecido, en el que la divinidad ocupa el puesto más alto y cuyo funcionamiento interno está regulado por los principios de plenitud, continuidad y gradación. De este modo se resuelve la tensión o separación entre el culto de la divinidad extra-mundana y el correspondiente a la divinidad de este mundo. Las cosas, sin embargo, no serán tan sencillas.

 

El viaje

El camino continúa de forma cronológica a lo largo de la Edad Media, el Renacimiento y los inicios de la Modernidad. Lovejoy se mueve de lo general a lo particular, haciendo foco en lo último. Analiza los períodos históricos a grandes trazos para después trabajar de manera puntual con la obra de ciertos autores, por ejemplo Santo Tomás, Giordano Bruno, Leibniz o Spinoza. Por lo cual el libro se puede leer como un muestrario de los modos en que cada pensador lidió con los problemas y contradicciones que atraviesan el tramado metafísico y teológico de la cultura occidental. Valga la siguiente cita para ilustrar el panorama de tensiones conceptuales y contradicciones en el que se mueven las grandes obras del pensamiento de Occidente:

Tal vez el triunfo más extraordinario de la auto-contradicción (self-contradiction), entre tantos otros en la historia del pensamiento humano, fue la fusión de esta concepción de una Perfección auto-absorbida y auto-contenida – de ese Eterno Introvertido que es el Dios de Aristóteles – al mismo tiempo con la concepción judía de un Creador temporal y un Poder ocupado por intervenir y hacer justicia a través del alboroto de la historia, y con la concepción primitiva de la Cristiandad de un Dios cuya esencia es amor y que comparte todas las penas de sus criaturas. (p.157)

En ese contexto Lovejoy rastrea la presencia de la Cadena del Ser a partir de la operatividad de los tres principios. Es decir, analiza los modos en que estos van articulándose en las obras filosóficas, poéticas y científicas. Cada autor y cada momento está trabajado con un rigor y un detalle que nunca decaen y que exceden a quien no maneje con cierta solidez las obras analizadas. Aún así cada capítulo ofrece lo suyo. Y si bien la lectura es espesa, vale la pena llevarla adelante de forma completa.

Otra cuestión que vale la pena señalar es que si bien Lovejoy trabaja, como él mismo lo define, con la historia de las ideas y no con la historia de la filosofía, es ésta última el eje central de todo su trabajo. Cuando se citan poemas generalmente es para dar cuenta de la presencia de conceptos que fueron forjados en la fragua filosófica. Y el agotamiento de la Cadena del Ser como modelo de orden divino del mundo corre de manera paralela al desarrollo y autonomización de las ciencias. Cuando ciencia y filosofía son más difíciles de discernir el peso está del lado de los argumentos filosóficos, como es el caso de Giordano Bruno, cuya concepción de una creación necesariamente infinita es mucho más una versión exaltada del principio de plenitud que una consecuencia de la disputa astronómica de su época. Bruno, tal como lo caracteriza Lovejoy, es más platónico que copernicano.

Por otra parte hay que señalar que en ningún momento trabaja Lovejoy con fuentes de tradiciones esotéricas que muy bien podrían dialogar con su planteo. No hay referencias, por ejemplo, a la alquimia durante la Edad Media o al hermetismo en la Antigüedad, como tampoco se menciona la posible influencia pitagórica en la concepción cosmológica del Timeo. Dados los vínculos entre esas tradiciones y varios de los autores y conceptos trabajados por Lovejoy, la ausencia se lamenta. Aunque hay que admitir que el libro, con lo que ya tiene, es lo suficientemente denso y complejo como para seguir agregándole fuentes. 

Más allá de los tres principios, el hilo conductor que permite atravesar la lectura del libro es la tensión entre las dos divinidades. El razonamiento platónico logró tender un puente entre ambas pero no anuló la contradicción lógica. Durante la Edad Media las dos divinidades atravesaron las obras de los más importantes autores, a veces conflictivamente, tensionando las ideas desde adentro, a veces conviviendo bajo el amparo de la coincidentia oppositorum. El dios del principio de plenitud limitaba, por su necesidad de crear, al dios como perfecto absoluto. “Era imposible para un autor medieval hacer cualquier uso del principio de plenitud sin caer en alguna herejía.” (P. 69) A pesar de lo cual tampoco era posible deshacerse del mismo puesto que formaba parte constitutiva de la filosofía cristiana. 

La ruptura

La influencia del Neoplatonismo durante el Renacimiento y particularmente su irrigación en autores como Nicolás de Cusa y Giordano Bruno cambia el equilibrio de la tendencia. Y el principio de plenitud tiene un rol fundamental en la apertura de la bóveda celeste, en el pasaje del mundo cerrado al universo infinito, según lo llamó Alexandre Kojève en el título de su célebre libro, que, dicho sea de paso, es una gran lectura paralela a ésta.

Pero más adelante, a medida que el tiempo le va ganando terreno a la eternidad, es decir a medida que se va imponiendo el pathos moderno, la posición del dios oculto, distante y pleno en sí mismo va desdibujándose poco a poco. ¿Por qué intentar conocer a Dios en su abismal silencio si es en el ruido del mundo dónde éste encuentra su realización más plena? La pregunta ya estaba implícita en Platón y en el período de la revolución científica posterior al Renacimiento sirvió para alimentar el ansia de conocimiento del mundo. Es posible conocer a Dios a través de su obra, es verosímil avanzar en el conocimiento de cada uno de los eslabones de la cadena. Y en ese proceso Dios y la Naturaleza tienden a identificarse.

En Leibniz aún conviven, aparentemente sin que él lo advierta, las dos tendencias. El mejor de los mundos posibles es la expresión más cabal del principio de plenitud. Durante el siglo XVIII la Cadena del Ser alcanza su momento de mayor protagonismo. Lovejoy la rastrea en el texto inaugural de la Royal Society y también en los trabajos de los más importantes naturalistas de Europa. El descubrimiento de los pólipos de agua dulce, a los que no se sabe si catalogar como animales o vegetales, es visto como una ratificación del principio de continuidad. Poco a poco, sin embargo, el avance en el estudio y análisis de la Naturaleza empezó a acumular elementos que contradecían la idea de una estructura fija del universo. Y la Gran Cadena del Ser terminó rompiéndose por la misma fuerza que había contribuido a impulsar.

El problema es la vida. La Cadena del Ser no es dinámica, cada entidad ocupa un lugar fijo en el nivel que le corresponde, sin poder desplazarse hacia otro nivel y sin poder tampoco desaparecer, puesto que en ambos casos quedaría un vacío en su lugar. Lo cual es contrario al principio de plenitud. En la medida en que se van acumulando evidencias de que la historia de las especies vivientes no es fija, de que algunas desaparecieron y de que sus atributos no fueron creados ni programados desde un principio sino que se fueron generando en los azares de la adaptación al medio, en una palabra: en la medida en que se va consolidando en el espíritu de filósofos y científicos la idea de que existe algo como la evolución, la imagen de una escala ordenada e inalterable empieza a hacerse insostenible. 

De ahí en adelante el tiempo se filtra cada vez más en los cimientos del cosmos y las lógicas del cambio y la mutación adquieren el lugar protagónico. Dios deja de ser la fuente que inicia el proceso de creación de un universo armonioso para convertirse en el proceso mismo de desarrollo de un universo en construcción. Y lo más perfecto deja de estar en el origen para trasladarse hacia adelante, como el objetivo siempre en fuga de un proceso de mejoramiento incesante.

 

Escala de los seres del siglo XVIII, con el hombre en la cima, según Charles Bonnet

El creacionismo de la tradición bíblica y el emanacionismo de la tradición neoplatónica son reemplazados por un evolucionismo radical que encontrará en el Romanticismo de Schelling su formulación más directa. Y que no dejará de tener réplicas en otros sistemas filosóficos posteriores. Dios se confunde con la vida, entendida de forma secular, con sus goces, su tensión permanente, su tragedia y su furia. Todavía estamos, en el siglo XXI, a la sombra de esa concepción.

 

Finalizada la lectura, o la relectura, es posible preguntarse por el devenir de los tres principios y de los dos dioses en el pensamiento posterior al momento histórico en que concluye el libro, comienzos del siglo XIX. También incluso después de su publicación, realizada en 1936. 

Está claro que la Cadena del Ser, más allá de lo dicho en torno a sus aspectos filosóficos, es insostenible para la mentalidad moderna en el plano social. Si bien su lógica es tolerante, también es estamental y conservadora. Cada nivel de la sociedad tiene derecho a existir y ser reconocido pero no puede haber desplazamientos entre los distintos niveles. El ascenso social atenta contra la integridad jerárquica del sistema. Y el cambio radical o revolucionario es impensable.

Sin embargo rastros de la Cadena del Ser pueden ser hallados en diversos ámbitos, como ruinas de antiguas ciudades en las urbes modernas. No es difícil volver a encontrar la tensión entre las divinidades, o entre los dos aspectos de la misma divinidad, en la relación entre trascendencia e inmanencia que funciona como un leitmotiv en ciertas zonas de la filosofía de la segunda mitad del siglo XX. La apuesta radical de Deleuze y Guattari en nombre de la inmanencia y en contra de la trascendencia, por ejemplo, puede ser leída como una continuidad de la historia narrada por Lovejoy.

Asimismo la historia de los tres principios puede perfectamente continuar más allá del colapso del sistema que los integraba, siendo que la existencia de éstos no depende de aquél. La temporalización no invalida necesariamente a ninguno de los tres. Y tampoco lo hace el evolucionismo.

Por otra parte la persistencia del lenguaje jerárquico de la Cadena del Ser tal como se la pensaba en la ciencia natural del siglo XVIII es un fenómeno detectado y analizado incluso hoy en día. Aunque existe la tendencia a considerar que es una persistencia de la Cadena lo que bien puede ser interpretado como la consecuencia de su colapso. Es decir, la tendencia a situar al ser humano en la cima de la escala evolutiva. Lovejoy insiste en que el lugar que el ser humano ocupa en la Cadena del Ser es relativamente bajo para la mayoría de los pensadores, puesto que se considera que hay mucho más niveles por encima suyo que por debajo. En el mejor de los casos el ser humano ocupa un lugar intermedio. Es el avance de la secularización a partir del siglo XVIII lo que reduce ese orden metafísico y cósmico a una escala biológica en la que el ser humano ocupa el lugar superior, habiendo desaparecido todo lo que estaba por encima suyo.

Lo que desaparece, en su más alta expresión, es lo que no resiste la temporalización, por ser el opuesto absoluto o complementario del tiempo, es también lo que ligaba a los tres principios en un conjunto coherente. La eternidad no puede temporalizarse ni evolucionar. La historia narrada en La Gran Cadena del Ser demuestra cómo su ausencia define el perfil de nuestro mundo y marca, aunque no nos demos cuenta, el ritmo de nuestras ideas.

Arthur Oncken Lovejoy
Postdata

No puedo contenerme de agregar, a modo de ineludible curiosidad, una cita de una lectura paralela, correspondiente al libro Los Evangelios Judíos de Daniel Boyarin. En dicha obra el autor rastrea en los remotos orígenes del monoteísmo hebreo la presencia de dos divinidades más antiguas, llamadas Él y Ba’al, que se habrían unido en la figura del Dios del Antiguo Testamento. Boyarin afirma: “En la religión de la Biblia, con la finalidad de lograr un monoteísmo más perfecto, estas dos deidades han sido unidas en una sola, pero no sin que queden algunas marcas de los puntos de sutura. (…) Un Dios muy distante genera -inevitablemente- la necesidad de un Dios más cercano: uno que pelee por nosotros y nos defienda; y, en tanto que el segundo Dios esté completamente subordinado al primero, el principio del monoteísmo no será violado. 

Si la tesis de Boyarin es correcta los antiguos sabios hebreos lidiaron con el mismo problema que Platón y que el resto de los grandes pensadores de Occidente, aunque lo solucionaron de distinta manera.

Notas:

1 La edición original en inglés realizada por Harvard University Press está en internet. Es la versión que utilicé para el artículo. Se puede ver aquí:

https://ia600704.us.archive.org/25/items/ArthurO.LovejoyTheGreatChainOfBeing/Arthur%20O.%20Lovejoy%20-%20The%20Great%20Chain%20of%20Being.pdf

2 Hay mucho material en internet sobre el libro. Comparto algunos trabajos que consulté:

-Aquí se puede ver un resumen más extenso del libro:

https://entenderelmundocom.files.wordpress.com/2018/04/lagrancadenadelser_lovejoy-v2.pdf

Aquí una reseña más reciente:

Book Review and Reflection: Arthur Lovejoy’s “The Great Chain of Being”

-Aquí se puede ver un artículo sobre las críticas que recibió el libro después de su publicación: Lovejoy’s The Great Chain of Being after Fifty Years, Daniel J. Wilson, Journal of the History of Ideas, Vol. 48, No. 2 (Apr. – Jun., 1987), pp. 187-206 (20 pages). Se puede descargar en PDF aquí:

https://www.jstor.org/stable/2709553?seq=1

-Aquí unos artículos que hablan de la continuidad de la Cadena del Ser en el evolucionismo actual:

https://www.nature.com/articles/435429a

https://evolution-outreach.biomedcentral.com/articles/10.1186/1936-6434-6-18

-Aquí se puede descargar un libro entero dedicado principalmente al problema del principio de plenitud en Santo Tomás, de la autora venezolana María Guadalupe Llanes:

https://www.unimet.edu.ve/wp-content/uploads/2019/10/El-Principio-de-plenitud-en-el-pensamiento-antiguo-y-de-la-Edad-Media.pdf

3 Con respecto al Timeo copio abajo el párrafo que ilustra a la perfección la lectura que realiza Lovejoy. En el texto original la palabra utilizada es agathos, la cual significa “bueno” y funciona como su equivalente en castellano para referir lo bueno en todos sus sentidos. En la última línea, cuando se habla del “óptimo”, la palabra en el original es aristos, la cual funciona como un superlativo de agathos. 

“Digamos ahora por qué causa el hacedor hizo el devenir y este universo. Es bueno y el bueno nunca anida ninguna mezquindad acerca de nada. Al carecer de ésta, quería que todo llegara a ser lo más semejante posible a él mismo. Haríamos muy bien en aceptar de hombres inteligentes este principio importantísimo del devenir y del mundo. Como el dios quería que todas las cosas fueran buenas y no hubiera en lo posible nada malo, tomó todo cuanto es visible, que se movía sin reposo de manera caótica y desordenada, y lo condujo del desorden al orden, porque pensó que éste es en todo sentido mejor que aquél. Pues al óptimo sólo le estaba y le está permitido hacer lo más bello.”

Diálogos VI, Timeo, Platón, Editorial Gredos 2007, p. 167.

4 Del Mundo Cerrado al Universo Infinito es el libro de Alexandre Kojève que analiza el pasaje de la concepción medieval y antigua del universo a la moderna, analizando la obra de muchos de los autores que también analiza Lovejoy, por ejemplo Nicolás de Cusa, Giordano Bruno y Leibniz. Sin lugar a dudas ambas lecturas se complementan.

5 Aquí una cita de Deleuze y Guattari para ilustrar una toma de posición radical en la división entre trascendencia e inmanencia, asociando a la primera con la religión y a la segunda con la filosofía:

Resumiendo, los primeros filósofos son los que instauran un plano de inmanencia como un tamiz tendido sobre el caos. Se oponen en este sentido a los Sabios, que son personajes de la religión, sacerdotes, porque conciben la instauración de un orden siempre trascendente, impuesto desde fuera por un gran déspota o por un dios superior a los demás, a imagen de Eris, tras guerras que superan cualquier agón y odios que recusan de antemano los desafíos de la rivalidad.’ Hay religión cada vez que hay trascendencia, Ser vertical, Estado imperial en el cíelo o en la tierra, y hay Filosofía cada vez que hay inmanencia, aun cuando sirva de ruedo al agón y a la rivalidad.” ¿Qué es la filosofía? Gilles Deleuze y Félix Guattari, Ed. Anagrama p. 47

6 La cita final corresponde al libro: Los evangelios judíos, la historia del Cristo judío de Daniel Boyarin, editado por Lilmod y Prometeo Libros, 2016. p. 54.

7 Aquí agrego los links de la página y del blog del Journal of History of Ideas fundado inicialmente por Lovejoy en 1940 y que todavía sigue en actividad:

https://jhi.pennpress.org/home/

https://jhiblog.org

8 La imagen inicial está tomada del libro Rhetorica Christiana, realizado por Fray Diego Valadés, publicado en 1579. Fray Diego Valadés fue un misionero franciscano que ofició de historiador, lingüista, grabador y políglota. Nacio en Nueva España, hijo de un conquistador y de una mujer tlaxcalteca. Fue el primer mexicano en publicar un libro en España.

Salvo que se indique lo contrario todos los textos de Orbis Libris fueron escritos por Darío Semino. Para contactarse se puede escribir a orbislibriscontacto@gmail.com