¿Se murió la literatura?

En torno a El Adiós a la literatura – Historia de una desvalorización – siglos XVIII -XX de William Marx

26-12-2021

Desde el feliz siglo XVIII francés, con la figura de Voltaire a la cabeza, al triste fin del siglo XX, con la disolución del sentido en la prosa de Samuel Beckett, la literatura, o la noción que los países centrales de Europa tuvieron de la misma, atravesó una devaluación casi absoluta de su influencia social. O al menos esa es la tesis presentada por William Marx en este libro publicado por primera vez en 2005, en francés, y que todavía no tiene edición en castellano, al igual que la mayoría de los títulos del autor.

Erudito, políglota, osado y accesible, William Marx es una figura a tener en cuenta. Responsable de la cátedra de literaturas comapradas en el Collège de France, viene produciendo desde hace años una serie de ensayos que van desde la antigua Grecia a la literatura moderna, sin despreciar incursiones en Oriente, como en su libro Vie du letrré, en el que abundan las referencias a la cultura china. La amplitud de su mirada suele ser inversamente proporcional a la longitud de sus textos, que tienden a ser concisos y contundentes.

En el caso de El Adiós a la literatura, Marx propone un recorrido por una parte considerable de los momentos más destacados de la historia de la literatura y la crítica literaria de las tres culturas dominantes de Europa, articulando un relato coherente que le permite leer con precisión y sin piedad muchos de esos momentos.

Desde el inicio el autor explica que su posición consiste en interpretar la historia de la literatura a partir de la literatura misma, marcando la diferencia con lecturas que se apoyan en otras disciplinas. En particular menciona y crítica a Pierre Bourdieu por llevar adelante una interpretación excesivamente limitada por el determinismo sociológico. El lugar que la literatura ocupa en la sociedad, según Marx, no cambió solamente por las transformaciones propias de la sociedad, es decir el desarrollo de nuevos medios de comunicación, sino también por la evolución interna de la propia literatura, una evolución que puede ser interpretada y narrada sin recurrir a la explicación de los condicionamientos sociales. 

Así dicho parece mucho. La tesis es discutible, puesto que es obvio que nada existe en el tejido social sin estar en contacto con otros campos de la actividad humana. Sin embargo, esa restricción que Marx le da a su punto de vista le permite armar un relato sólido y bien sostenido de una inmensa cantidad de fenómenos diversos. Por otra parte, al realizar ese relato estrictamente literario, consigue darle a la literatura el protagonismo de su propia historia, aunque ésta no tenga final feliz.

Marx caracteriza el proceso en términos económicos. La literatura habría pasado de un momento de sobrevaloración durante el siglo XVIII a una devaluación a fines del siglo XX, siendo una cosa consecuencia de la otra. En el medio se produce un movimiento de autonomización que se inicia en torno a la mitad del siglo XIX, con el surgimiento de lo que podríamos llamar las tendencias puristas de la literatura, es decir la concepción del “arte por el arte” en sus diversas formas desde Baudelaire a Mallarmé. 

La tendencia a la autonomía va a continuar de diversas formas a lo largo de la historia. Poco a poco la literatura va ir desarrollando una coraza simbólica para protegerse del mundo, una coraza que después irá cerrándose cada vez más. “La literatura se creó un territorio autónomo, protegido, blindado contra todas las intrusiones, en el que pronto se terminaría asfixiando.” (p. 92)

El centro del libro se estructura a partir de dos capítulos consecutivos titulados Poesía del desastre y Desastre de la poesía. Se traza allí un paralelismo entre las dos grandes catástrofes históricas de los siglos XVIII y XX, y los modos en que la literatura reaccionó ante ellos. El primero es el terremoto de Lisboa de 1755, uno  de los de mayor magnitud de la historia. El segundo es la Shoah. Mientras que el terremoto de Lisboa se convirtió inmediatamente en tema literario y poético, con Voltaire dando el puntapié inicial, el trauma histórico que representó la Shoah, más allá de que posteriormente también se convirtió en material literario, es la célebre declaración de Adorno sobre la imposibilidad de hacer poesía después de Auschwitz. 

Si bien es cierto que el paralelismo es discutible también lo es que la comparación que Marx realiza es impecable. En los términos planteados la comparación calza justo. De un lado aparece la poesía de forma casi instantánea como una respuesta efectiva y colectivamente aceptada, Voltaire se puso a escribir el poema en cuanto conoció la noticia, en diez días lo terminó e inmediatamente se convirtió en un éxito que sintetizaba las angustias y dudas existenciales que planteaba la tragedia para la filosofía optimista de la época. El terremoto no tardó en convertirse en material literario, incluyendo sátiras y burlas del mismo. 

De lo otro lado, en cambio, aparece la prohibición de hacer poesía después de lo ocurrido. Una actitud que le vale a Adorno la crítica más dura de todo el libro. Según Marx, al sugerir la imposibilidad de la poesía, Adorno da continuidad al menosprecio de la literatura en provecho de los nuevos medios de difusión de masas que realizaba el nazismo. “Sobre este punto, y guardando todas las proporciones, la crítica de Adorno, a pesar suyo, le hacía objetivamente el juego al programa estético del Tercer Reich.” (p. 131)

Con sentencias de semejante calibre, El adiós a la literatura genera el oscuro goce de querer saber quién va a ser el próximo en caer bajo el análisis del autor. Y dado que éste trabaja con los grandes hitos de la literatura y la crítica literaria las expectativas no se ven defraudadas. 

Vale aclarar, sin embargo, que la postura de Marx no carece de ambigüedad, puesto que también hay admiración por las obras analizadas, además de un declarado reconocimiento de su importancia. Esto hace que en gran medida toda la propuesta del libro se mueva dentro de una paradoja. Cuanto más originales y creativas son las estrategias para consagrar la autonomía e independencia de lo literario, más se consolida la muerte social de la literatura. Y, como contrapartida, cuanto más se juzga a la literatura por motivos extra-literarios, como por ejemplo la moral, más importancia se le otorga dentro de la sociedad. Prohibir un libro es darle una importancia, acaso mayor, que la que podrían darle sus lectores más entusiastas. 

En resumen, Marx consigue realizar un cuestionamiento de la autonomía de lo literario a partir de las contradicciones internas que dicha autonomía genera, sin apelar a discursos o ideologías de compromiso con la realidad o la época, como la que promocionaba Sartre. Llevada al extremo, parece decir el autor, la fórmula de la autonomía puede resultar tan asfixiante como los condicionamientos impuestos por una moral trascendente a la propia literatura. Sin alianzas ni vínculos con otras esferas, la literatura corre el riesgo de convertirse en una religión sin creyentes, mientras que el sometimiento mundano la puede reducir a mera propaganda, o doblegarla en nombre de una utilidad cualquiera. A lo largo del siglo XX, una parte importante de la mejor literatura sucumbió de manera inevitable ante lo primero para evitar lo segundo. Reconocer este hecho no implica desconocer los méritos estéticos alcanzados por las obras en cuestión sino poner en evidencia la existencia de una tensión sin la cual es difícil pensar la historia literaria del siglo pasado.  

La gran literatura por venir, arriesgo por mi cuenta, podría ser la que logre evitar las trampas de futuros compromisos y aislamientos, sabiéndose objeto de sí misma sin olvidar su dependencia de otros ámbitos de la vida y el conocimiento. Su desafío, siguiendo esta lógica, consistiría en saber moverse entre esos dos filos que son el mundo y su ausencia.

Dos cosas más antes de terminar. En primer lugar, una cuestión de maridaje. Éste es un gran libro para ser leído en combinación con Gramáticas de la Creación y Presencias reales de Georges Steiner, cuyo legado Marx continúa. Como así también  con Los antimodernos de Antoine Compagnon, que comparte algunos problemas y que ofrece una excepcional hoja de ruta de la crítica literaria francesa de los siglos XIX y XX. Y con La literatura y los dioses de Roberto Calasso, quien no aparece mencionado en el libro pero que en cierta forma tiene una presencia indirecta mediante la figura de Roberto Bazlen, mentor de Calasso y fundador de la editorial Adelphi, a quien Marx interpreta como el paradigma del escritor sin obra. Todos estos libros se dejan leer como pistas de un enigma que, acaso, no tenga respuesta y que va más allá de la importancia de la literatura. Al fin y al cabo, es el sentido de la palabra y de la escritura misma lo que, desde hace por lo menos un siglo, se está poniendo en juego de manera permanente y cada vez más acuciante.

En segundo lugar, una referencia a la crítica literaria, puesto que El Adiós a la literatura no es otra cosa que un libro de dicho género. Charles-Agustin Sainte-Beuve, el gran crítico francés del siglo XIX, ocupa un lugar destacado en el libro y la historia. Para dar cuenta de su influencia, Marx cita el ejemplo de Proust, quien comienza su proyecto de escritura como un rechazo a la concepción que Sainte-Beuve tenía de la literatura en estrecha relación con la biografía del autor. Empezando a escribir Contra Sainte-Beuve, Proust termina escribiendo En busca del tiempo perdido.

En ese sentido, Sainte-Beuve encarna una forma de relación particular entre la crítica y la creación literaria, una suerte de tensión productiva, en la que ambos campos, sin llegar necesariamente a cruzarse, se determinan como polos magnetizados.

Al fin y al cabo, muchos escritores de la época, a pesar de no recibir siempre sus elogios, escribían para Sainte-Beuve. Tal como queda atestiguado en la correspondencia de Flaubert, quien, tras la muerte del crítico en 1869, “lloró la desaparición de su lector ideal, aquel que, por su sola existencia o casi, justificaba el proyecto de hacer un libro. 

Esa tensión desafiante recorre la prosa de William Marx. Es por ello que la manera más astuta de leer este ensayo no consiste en detenerse en cada uno de los hitos analizados, o en señalar los puntos ciegos que son inevitables en una generalización tan ambiciosa, sino en percibir el conjunto de la obra como una sofisticada apuesta por la fertilidad de la provocación.

Materiales utilizados para el artículo: 

-La reseña está hecha a partir de la siguiente edición L’Adieu à la littérature – Histoire d’une dévalorisation XVIIIe – XXe siècles, Les Éditions de Minuit, 2005. Pude acceder a la misma gracias a la biblioteca de la Alianza Francesa de Buenos Aires. También leí Vie du lettré, Les Éditions de Minuit, 2009. 

-Aquí dos reseñas que consulté, ambas en francés:

https://journals.openedition.org/labyrinthe/1284

https://www.fabula.org/acta/document1154.php

-Es muy recomendable leer también el artículo de William Marx Est-il posible de parler de la fin de la littérature?. Escrito algunos años después de la publicación de El adiós a la literatura, dicho artículo podría funcionar como su epílogo o prólogo. Allí Marx responde a alguna de las críticas que recibió su libro y aclara algunos de los conceptos que presenta en el mismo.

-Aquí abajo se puede ver y acceder a los cursos que dicta William Marx en el Collège de France, en la cátedra de Literaturas comparadas, que él dirige:

https://www.college-de-france.fr/site/william-marx/_course.htm

-Los cuatro libros que mencioné como buenas lecturas paralelas están editados en castellano. Los dos de Steiner, Presencias reales y Gramáticas de la creación, son mencionados a modo de sugerencia, pero no son los únicos libros de dicho autor que se pueden leer en vinculación con El Adiós a la literatura, dado que una parte importante de lo que escribió Steiner se vincula de uno u otro modo con la historia aquí contada. Con respecto a Antoine Compagnon, el vínculo entre ambos autores es aun más directo, ambos comparten el uso de conceptos como antimoderno y retaguardia, éste último en oposición a vanguardia, aunque éstos no aparezcan en este libro. Hay un artículo de Compagnon sobre El Adiós a la literatura, no lo pude consultar, comparto el link más abajo. Por último, el libro de Calasso aporta una mirada totalmente diferente, o no tan diferente, dependiendo de cómo se lo quiera pensar, de la autonomía de lo literario. Calasso habla de “literatura absoluta” y, fiel a su estilo, se las ingenia para vincular el tema con la metafísica tradicional de la India, estableciendo un vínculo entre Mallarmé y el dios védico Prayápati.

-Artículo de Compagnon: 

https://www.cairn.info/revue-critique-2006-4-page-291.htm?try_download=1

La imagen de portada es una representación del siglo XIX del terremoto de Lisboa, de autor desconocido.

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